El princeso

Hace un par de años empezó el amor hacia las princesas de la chiqui, como os contaba en este post o en este otro, que condujeron a saturación princesil maternal elevada a n.

La chiqui era una aficionada en comparación con la FIEBRE actual del chaturrete por las princesas. Casi no juega a otra cosa.

Se pasa todos sus ratos libres queriendo jugar a Rapunzel, a Elsa, a la Sirenita, Blancanieves, o cualquier otra princesa que conozca. Se disfraza poniéndose faldas y pañuelos como si fuesen el pelo muy largo. A veces, cuando lo llamas por su nombre, te contesta “que no soy Chaaaatu, que soy Rapuuuunzeeel”. Habla de él en femenino, y acompaña cada palabra con inclinaciones de cabeza y caiditas de ojos.

Su hermana está encantada, porque tiene un compañero de juegos infalible, pero a sus progenitores nos tiene hartos. Nos escabullimos en el momento que vemos que va a querer jugar a princesas, porque eso significa que habrá que repetir hasta la saciedad un cuento detrás de otro. Y no contándolos, sino interpretándolos. A él lo que le va es el teatro.

Tengo que reconocer que este verano, cuando su fiebre por las princesas alcanzó su punto álgido, me preocupaba por si era “normal” que un niño de 3 años no juegue a otra cosa que a ser Rapunzel & co. Aunque yo he sido la primera que le he colocado el pelo y le he pintado hasta los labios cuando él ha querido, me chirriaba que solo quisiese jugar a ser una princesa.

Aunque, por otro lado, ¿cómo no le va a gustar jugar a las princesas, si es el juego que más ha visto y que más ha compartido con su hermana desde que era un bebé? ¿Y qué más da a qué juegue, mientras lo disfrute?

Hace unos días vi que el chaturrete no es el único niño fan de las princesas. Ni yo la única madre que piensa si es muy “normal” que éste sea el juego favorito de su hijo. Aquí os dejo un artículo muy bueno de El País sobre niños a los que les encantan las princesas y qué hacen sus padres para ir un paso más allá de lo “políticamente correcto” según los roles establecidos para cada género. Al final, queramos o no, todos estamos condicionados por estereotipos.

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