Días de gloria

Ya me lo decía mi madre cuando el chaturrete todavía era un bebé: “éste os va a dar días de gloria”. Aunque era un bebé bastante pachorrón, tenía momentos en los que apuntaba maneras. Con una cabecita dura, ocurrencias bastante “creativas”, unos buenos pulmones y unos lloros bastante teatrales (caras rojas, apneas, toses hasta casi el vómito…), el pequeño tenía desde bebé todos los ingredientes para montar un buen pastel.

Los días de gloria han llegado este verano en su pleno esplendor. En forma de rabietas exacerbadas, con todos sus ingredientes bien bonitos.

El pack rabieta del chaturrete incluía golpes, patadas, bocados, arañazos, lanzamiento de objetos (con especial afición por las gafas de su padre), y unos gritos y llantos no aptos ni para aficionados al heavy metal, acompañados de mocos y hasta espuma por la boca. Sí, espuma por la boca (la niña de El Exorcista, a su lado, una aficionada).

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Y esto con una duración mínima de 45 minutos, entre 2 y 4 veces en semana, en los momentos más inoportunos, como por ejemplo cuando estás en pleno aterrizaje de un avión. El número del avión fue de circo; la gente aún comentaba el espectáculo mientras esperaba las maletas. Porque tener a un niño chillando como un cerdo en el matadero durante todo lo que dura la maniobra de aterrizaje, en un espacio reducido y del que no te puedes mover, no debe ser muy agradable.

Como tampoco debió serlo para el vecino que decidió tocar nuestro timbre para quejarse del ruido cuando el niño llevaba un rato gritando y dándole patadas a la puerta de casa porque quería irse con su padre (al vecino, por cierto, le dimos con la puerta en las narices y no hemos vuelto a ver – qué idea presentarse en casa ajena en esos momentos). Yo entiendo que eso enerva, y mucho. Sobre todo a quienes somos actores, y no solo espectadores, de esos momentos.

Cualquier cosa con la que el chaturrete no estuviese de acuerdo podía ser el desencadenante de una rabieta: no querer ponerse unos zapatos determinados, salir de casa en el momento que toca, limpiarse los dientes él mismo, irse de la playa, ponerse el cinturón de seguridad… Especialmente si estaba cansado.

¿Y qué hacer cuando tienes a tu dulce retoño berreando como un loco y sufriendo, metido en un bucle del que no es capaz de salir? Pues lo que puedas. Nosotros hemos intentado de todo, desde ignorarlo a intentar tranquilizarlo, pasando por consolarlo, negociar, gritar, inmobilizarlo…

A veces funcionaban unas cosas, a veces otras. Y a veces ninguna, poniendo a prueba nuestra paciencia y aumentando nuestro nivel de estrés y número de canas.

Lo que hemos intentado ha sido no ceder a lo que motivaba la rabieta, aunque sí que hemos negociado para intentar calmarlo (por ejemplo, si el motivo de la rabieta era que no se quería lavar él solo los dientes, decirle que le ayudaríamos después de que él hubiese hecho una primera vuelta).

Y la cosa es que para esto no estábamos preparados. Al peque las rabietas le han llegado más bien tarde, después de cumplir los 3 años.  La chiquiturri tuvo las rabietas mucho antes, y no tan exageradas. El chatu ha llevado al límite nuestra paciencia y capacidad de aguante en esos momentos, dejándonos después hechos polvo física y mentalmente. Hasta el punto de que yo he llegado a sentir miedo cuando veía que estábamos en un momento en el que podía arrancar con una nueva rabieta.

La vuelta a la rutina parece haberle ayudado a superar la época de rabietas, o al menos lleva un par de semanas sin ninguna fuerte. Algún momento de gritos revientatímpanos ha tenido, pero ni punto de comparación con los de este verano. Esperemos que esté superado y que ahora que va al cole de mayores también vaya madurando en este sentido.

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