Madre a la alemana

Hace unos meses leí este post en el que una madre americana afincada en Berlín hablaba con sorpresa sobre cómo los alemanes educan a sus hijos. Un tipo de educación que básicamente consiste en darles libertad desde bien pequeños para fomentar su autonomía: que escalen tranquilamente a los árboles sin que estemos encima de ellos diciéndoles “cuidaaaaaaado, que te vas a caeeeeeeer”, que puedan experimentar por sí mismos incluso con cosas potencialmente peligrosas… Con los padres vigilando de lejos, pero sin alterarse y dejándoles hacer.

Yo ya sospechaba que las diferencias en los estilos de educación del padre de las criaturas y mío eran una cuestión cultural. Pero ahora he visto la luz. Porque el señor padre parece que está educando a tres: a los dos miniseres y a mamá pollito (que soy yo), para que los deje un poco en paz, que estoy todo el día detrás de ellos para ayudarlos o prevenirlos o guiarlos sobre cómo deben hacer las cosas.

Así que nada, como creo firmemente que la sobreprotección de los peques no es buena, decidí alemanizarme.

Unos días después de leer el post, me atreví a mandar a los peques (sí, los dos) solos, escaleras arriba, hasta casa. Mientras tanto, yo subía en el ascensor. Estuve con un pellizco en el estómago hasta que llegaron (vivimos en un primero), sobre todo por el chaturrete, que aún no domina 100% las escaleras. Pero llegaron, y súper orgullosos y contentos de haberlo hecho solos.

Y algunas semanas después de leer el post, me lancé ya del todo, enviando a la chiquiturri una mañana sola a comprar el pan. En la panadería que está en los bajos de nuestro mismo edificio.

Estuve mirando por el videoportero desde que salió hasta que volvió. Qué nervios pasé. Pero pasados unos minutos, ahí estaba de nuevo ella. Los ojos le brillaban tanto, y estaba tan feliz de haber salido ella sola y haber conseguido hacer algo tan de mayores como comprar pan, que solo por ver su carita mereció la pena dejarla.

Tan orgullosa me puse yo de mi pollito, y de mí misma por haberla dejado salir de la protección de mis alas, que me faltó tiempo para contarle la hazaña a unos amigos alemanes que teníamos de visita. Uno de ellos me contó que su hijo, con dos años y medio, había ido solo a la carnicería, con una lista y el dinero para la compra. Me cortó el rollo.

Me parece que, para alemanizarme, necesito otra genética. Porque yo a mis pollitos no puedo dejarlos volar tanto, que el cordón umbilical no me da para más. Por el momento.

Así que estoy alemanizándome, pero con moderación.

alaalemana

2 Comments

  1. Bonita,
    te entiendo perfectamente. Ese cordón es más fuerte de lo que yo me imaginaba. Besotes

    • Author
      la pirata princesa 23/06/2015 Responder

      Pues sí… pero habrá que luchar contra los elementos por el bien de los chiquitines… Besotes, guapa!!

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