Sordera selectiva

No descarto que las circunstancias que vivimos actualmente y que contaba la semana pasada hayan hecho que esté un pelín más irritable. Tener en casa hormigas, piojos, cojos, virus varios, aneurismas nocturnos, combinados con un periodo laboral bastante intenso, seguramente en algo habrán mermado mi paciencia. Digo yo.

Pero lo que me mina la moral es tener a dos peques que practican la sordera selectiva con una maestría pasmosa. Es que van a lo suyo. Como algo les interese, ahí están los primeros. Como tengan otras prioridades, se ven pasar las bolas del desierto y se oyen cantar grillos cuando les dices algo.

“Vístete”, “lávate los dientes”, “vamos al baño”, “ponte los zapatos”, “a cenar”, “a recoger”… Es que “me duele la boca ya de decírtelo”, porque aunque “te lo he dicho ya 500 veces”, “por un oído te entra y por otro te sale”. Toma ya.

Qué pesadez, si es que me canso hasta a mí misma de oírme una y otra vez con la misma cantinela (un amigo mío en estos casos dice “aburres a las hormigas”; ya me gustaría aburrirlas a ver si así al menos se iban). Y lo peor es que todas estas situaciones acaban igual: yo de los nervios, hablando a un volumen bastante más alto del habitual y con un tono de voz de cabreo total, y, por último, llega el chantaje: “como no hagas lo que te digo, te quedas sin -algo que te guste-“. Ah, y contar hasta 3 para que vengan justo, justo, cuando ya he dicho el 3.

Qué cansino.

Como yo soy una madre comprometida e instruida, sé que hay formas de darle la vuelta a esta situación. Lo sé. La teoría me la conozco. Por ejemplo, la psicóloga Silvia Álava recomienda en su libro “Queremos hijos felices” que, ante estas situaciones, hay que:

  1. Establecer normas claras: se obedece a la primera.
  2. Poner consecuencias (que no castigos) por no seguir la norma: para conseguir las cosas que te gustan, debes currártelo cumpliendo las normas. Es decir, que si no haces caso, no te has ganado, por ejemplo, ver la tele. O la atención de tus padres, que según Silvia Álava es el mejor premio para los pequeñines.

Ahora llega el momento de la práctica. Digamos que es la hora del baño, que la bañera ya está llena de agüita calentita, y que dos miniseres juegan felizmente en el sofá con sus juguetitos:

  1. “Vamos al baño, no os lo voy a decir más, porque tenéis que hacer caso a la primera“. Me quedo con los brazos en jarra. Siguen corriendo las bolas de paja por el salón y cantando los grillos.
  2. “Si no venís a la primera, yo no os voy a hacer caso“. A las bolas de paja se le han sumado las pelusas, y además de los grillos, ya cantan también las chicharras. Los de la sordera selectiva siguen a lo suyo; aquí no se mueve ni dios. Si no les hago caso, pues mejor para ellos, que pueden seguir jugando.

Así que vuelta al “como no vengáis, no tendréis cuento esta noche”, que viene siendo la amenaza-chantaje que, ésta sí, se me da bastante bien.

Solo que, además del cuento, únicamente tengo otro as en la manga (la nana posterior), y con tantos momentos de sargenta que me encuentro al día, se me acaban pronto los recursos…

Obviamente, tenemos que tomar medidas, porque la sargentona que estoy hecha, ante un ejército tan poco entregado, “no se pué aguantar”. O empezamos a construir otra vez la casa desde cero, tirando de más libros de crianza, del rinoceronte naranja, de las cartulinas de la supernanny, o de lo que sea, o si no, me voy a dar al alcohol o las drogas. Por lo pronto, al ibuprofeno y al frenadol ya les pego. Bastante.

Voy a llamar a los del control de plagas.

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One Comment

  1. TIA CURRITA 10/02/2015 Responder

    Me parto -jajaja-

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